La Hoz// El ascenso del “Narcoglamour” 

Eso es el narcoglamour: normalizar lo que ocurre diariamente, fetichizar las experiencias en torno al narcotráfico de tal manera que ya no le sorprenda, el día de mañana, ver una cabeza en una hielera en la esquina de su casa, y que esa misma cabeza sea la de un vecino conocido y querido que decidió no pagar piso.

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“Todo lo que brilla es narco”. Esta frase, escrita por el periodista José Luis Montenegro en su libro Los Chapitos, inspira esta columna. Y no es exageración: habitamos un país donde todo lo que augura un poco de dinero se encuentra relacionado con el narcotráfico, para bien o para mal.

Por ejemplo, están las sanciones implementadas por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos a tres instituciones financieras en México. No es novedad: desde las operaciones del Cártel de Guadalajara en los años ochenta hasta el lavado de dinero cometido por el banco HSBC —señalado durante el sexenio del Carnicero de Michoacán, Felipe Calderón— por lavar dinero para los cárteles de la droga, los vínculos son evidentes. Esa operación le valió una de las multas más grandes en la historia bancaria: 1,900 millones de dólares.

La infección del narco, persiguiendo papel moneda, ha llegado a extremos tales que la cultura se ve permeada por su presencia. No hago referencia a lo que, infinidad de veces, se ha mencionado en espacios de Cenzontle400.MX sobre el narcocorrido, o por lo menos no únicamente a ello. Lo que hemos omitido es, quizá, lo más peligroso: la manera en que se ha introducido a nuestra cotidianidad, el cómo se ha vuelto parte de nuestro día a día, muchas veces sin darnos cuenta de que nos ha orillado a normalizar los terribles eventos que diariamente presenciamos en el país.

En primera instancia, podría parecer que me refiero a la famosa “apología” del delito, pero eso sería un error. Para empezar, la apología no existe cuando se vive en medio de esos delitos que simplemente reflejan la realidad. El problema surge cuando personajes que no han tenido la terrible y desagradable experiencia de presenciar al narco de cerca se atribuyen el papel de voces emergentes de las víctimas o de representantes de lo que supuestamente vivieron.

Los nombres no son pocos. Los representantes del narcoglamour han aparecido por decenas durante los últimos años, unos en los que el discurso oficial nos ha orillado a pensar que el crimen organizado no controla el país, mientras que nuestros ojos presencian la abrumadora realidad de los diarios hallazgos de fosas clandestinas, cuerpos desmembrados y mensajes provenientes del narco en performances horrendos que claramente buscan sembrar un sentimiento de impotencia en la población, de sometimiento a este tipo de “vida”.

¿Qué es el narcoglamour?  

Existe una diferencia importante entre lo que entendemos como narcocultura y lo que busco definir como narcoglamour. La narcocultura nace en los años 60, a consecuencia de la Operación Cóndor en México, donde el gobierno estadounidense simuló combatir el tráfico de estupefacientes, lo que generó que muchos de los enfrentamientos y “hazañas” del narco que no eran difundidos por los medios de comunicación se convirtieran en corridos como Lamberto Quintero o Contrabando y Traición. En ellos no existía la intención de exaltar y admirar al narcotraficante, únicamente reflejaban la realidad vivida en la frontera de Estados Unidos con México y en ambas naciones. 

Antes de esto, durante la Revolución Mexicana, gracias a los enfrentamientos armados entre potencias campesinas y fuerzas federales que terminaban en miles de muertes y pérdidas innumerables, nació la necesidad de difundir lo que acontecía en el campo de batalla, por lo que la cultura, específicamente la música, cubrió esa necesidad. Ahora, una nueva guerra que inició en 2006 es la que permeó, como en aquel entonces, la cultura que se ha producido en el país.

Durante el derramamiento de sangre conocido como Guerra contra el Narco, iniciada por Felipe Calderón, podemos hallar muchos elementos en paralelo con la última guerra civil en México. Así como, a partir de 1910, los corridos nacieron para replicar las noticias de una manera óptima para que los campesinos —analfabetas en su mayoría gracias al Estado mexicano— entendieran lo que estaba ocurriendo, en 2006 el narcocorrido hizo lo propio, llevando a la música popular las noticias y los “logros” aterradores de los cárteles de las drogas que no se publicaban en la prensa. 

Así como, a partir de 1910, aparecieron novelas demeritadas por la crítica que tenían como protagonista la revuelta armada contra el dictador Porfirio Díaz, como Los de Abajo de Mariano Azuela o Cartucho de Nellie Campobello, en el sexenio de Felipe Calderón y poco antes aparecieron novelas como Trabajos del Reino de Yuri Herrera, que representan la estructura de una organización criminal y cómo ésta ha arrastrado a los artistas a volverse parte de ella, o Perra Brava de la escritora sinaloense Orfa Alarcón, que representa la violencia que viven las mujeres dentro de los cárteles y lo que las orilla a relacionarse con estos, que finalmente es una sociedad destruida y descompuesta por diversos elementos, todos relacionados con las omisiones del gobierno mexicano desde hace décadas para cumplir con las necesidades básicas de la población.

También, por el año 2010, nació un movimiento musical muy cuestionado y, a día de hoy, casi olvidado, que, a pesar de lo explícito, era producto de la violencia de su tiempo. Exponentes como Alfredo Ríos “El Komander” fueron la fiel representación del Movimiento Alterado, la evolución del narcocorrido, el nieto del corrido de la Revolución y tataranieto de los juglares de Europa; se remitieron a reflejar sin censura y sin tapujos las consecuencias de la Guerra contra el Narco y los enfrentamientos entre grupos tan sanguinarios como Los Zetas, La Familia Michoacana y, por supuesto, el Cártel de Sinaloa.

Eventualmente, el Movimiento Alterado, gracias a la censura de Calderón, desapareció, e inicialmente ocupó su lugar lo que conocemos como corridos tumbados, que, con poco tiempo de vida, fueron víctimas del narcoglamour, hoy siendo interpretados por artistas que —más allá de los negocios y el lavado de dinero— no tuvieron esta experiencia monstruosa de convivir con la violencia provocada por los cárteles de las drogas en el país.

Así también ha pasado con la literatura, el cine del narco y las series en torno a estos criminales. La garra del narcoglamour es tan grande que ha llegado incluso a los documentales, como es el caso de Cuando conocí al Chapo, protagonizado por Kate del Castillo, si es que se le puede denominar como tal.

Entonces, solo queda una pregunta: ¿qué chingados es el narcoglamour? La frase anterior lo refleja muy bien. Seguro el lector no esperaba la palabra malsonante en el texto. Ahora, esto se puede presentar como muy disruptivo, pero no hace más que romantizar el uso de esa palabra, volverla un fetiche para que usted me lea muy “rebelde”, aunque no estuviera denunciando nada.

Eso es el narcoglamour: normalizar lo que ocurre diariamente, fetichizar las experiencias en torno al narcotráfico de tal manera que ya no le sorprenda, el día de mañana, ver una cabeza en una hielera en la esquina de su casa, y que esa misma cabeza sea la de un vecino conocido y querido que decidió no pagar piso. Este es otro elemento al que recurre el narcoglamour: una narrativa impactante que le describe estas situaciones, pero sin alma, sin esperanza y sin buscar invitar al pensamiento, solo recordándole que, aunque es horrible, el día de mañana volverá a ocurrir sin que usted pueda hacer nada para evitarlo.

El narcoglamour normaliza la violencia, es verdad; destruye la esperanza de imaginar un futuro distinto. Ya lo decía Mark Fisher en su libro Realismo capitalista: el capitalismo busca destruir todo ápice de esperanza, toda posibilidad de imaginar un mundo mejor, un mundo diferente en el que puedan revertirse los daños que este —en su expresión más necrótica: el narcotráfico— ha provocado en la sociedad.

Algunos ejemplos

Si bien los corridos tumbados no deben ser censurados, sí es verdad que es en ellos donde la línea entre narcocultura —que solo busca reflejar— y narcoglamour —que pretende normalizar, romantizar y exaltar— es más fina y muy fácil de cruzar. No es lo mismo un corrido de Natanael Cano, quien vivió la Guerra contra el Narco en Sonora durante su niñez y juventud, que uno de Hassan Kabande Laija, mejor conocido como Peso Pluma, quien, durante este atroz periodo, vivió en San Antonio, Texas, alejado de los enfrentamientos diarios entre cárteles y cárteles disfrazados de gobierno (la AFI de García Luna, por mencionar algo, pero también los militares de la Sedena y de la Semar).

En sus corridos se nota, sobre todo al inicio de sus carreras, que Natanael canta sobre el narco como canta sobre el amor; a diferencia de Peso Pluma, cuyos corridos se inclinan más por retratar la supuesta vida de lujos, excesos, mujeres y dinero que tienen los narcotraficantes. Uno lo tiene naturalizado: lamentablemente ha presenciado esta violencia y la vive con todas sus emociones y experiencias; el otro busca reflejar lo que se dice del narco, no lo ha vivido en situación de amenaza, solo lo ha observado a la distancia, seguro, detrás de su capital y de la posibilidad de migrar cuando lo decida.

A pesar de todo, insisto: la línea es muy delgada, pues poco queda de la intención narrativa y de difusión de corridos como los interpretados por Los Tigres del Norte. Para ejemplo, dos de ellos: El Circo y La Granja, que reflejan la colusión y complicidad entre el narco y los gobiernos de México, desde Salinas de Gortari hasta Vicente Fox y Felipe Calderón. De este último, fue especialmente dolor de cabeza La Granja, tanto así que prefirió censurar la canción y al grupo sinaloense antes que aceptar el descontrol y la corrupción reinante en el país.

Ya tampoco se utilizan letras tan explícitas como en el Movimiento Alterado, que pretendía impactar y, de alguna manera, hacer que todos vieran la violencia reinante en el país. Hablar de decapitaciones ya no es rentable; ahora hay que generar interés, mostrar que hay una personalidad detrás, un estilo de vida, y no las consecuencias de una guerra donde el artista se encontraba entre el fuego cruzado.

Se convirtió al corrido en un producto, en algo comercializable, muy alejado de la narrativa y la difusión, y más cercano a la publicidad. A pesar de ello, no es el mayor delito cometido contra la narcocultura. Paradójicamente, lo peor se halla en lo que pretende convertirse en “alta cultura” y que romantiza en exceso las acciones del crimen organizado, fetichizando el horror vivido, sobre todo, por la población más vulnerable y mayoritaria del país.

Ese es el caso de una “escritora” de nombre Dahlia de la Cerda, quien, ceñida al narcoglamour, romantiza y fetichiza al crimen organizado a través de textos que pretenden imponer lo que se supone representa vivir en la clase baja a expensas del crimen organizado. Sin embargo, esto termina por buscar convencer a la clase académica —la presa más fácil— de que esta es la manera en que se vive el narco en los barrios marginales de México, algo sumamente alejado de la realidad. Pues, a diferencia de lo que presenta en sus textos, las infancias no persiguen ciegamente el sueño de ser narcos; al contrario, es el mismo sistema y la academia discriminadora quienes no les dejan más opción que convertirse en un halcón que ni gana las exageradas cantidades de dinero que representa, ni tiene la actitud de matón desalmado que De la Cerda presume en sus fantasías literarias.

Parece una exageración hacer tanto revuelo por una “escritora” novata que lucra con el morbo y la estupidez de la academia mexicana, y de decenas de universitarios que, gracias a su privilegio, no han tenido ningún otro contacto con el narco que los “dealers” de Ciudad Universitaria. Pero el hecho es tan grave que su forma de ver el mundo se suma a la fantasía promovida por narcoseries y narcopelículas, que auguran un final feliz para el criminal protagonista con ambigüedad moral, cuando la realidad es que no hay honor en el narco, no hay ganancia ni futuro, no hay moral. Pero eso tampoco significa un nihilismo ante la posibilidad de la prisión o la muerte, sino una terrible consecuencia cuya raíz es el abandono, la colusión, la complicidad y la corrupción del poder del Estado mexicano y el crimen organizado.

Dahlia de la Cerda deleita a la clase académica y literaria que no ha tenido la poco agradable experiencia de ser emboscada por halcones en un callejón, o presenciar una balacera, un muerto cubierto con cal —sí, así llega el morbo criminal—, o un retén de narcotraficantes dudando si saldrás de él. Les muestra un mundo de morbo y personajes épicos, igual que Peso Pluma con capos como Mario Alexander “N”, alias El Piyi, jefe de sicarios de Iván Archivaldo Guzmán, lo que emociona a los intelectuales de oficina y biblioteca, normalizando y romantizando lo que se vive realmente en México: el país de las masacres y las fosas clandestinas.

El narcoglamour y sus representantes —Dahlia de la Cerda, Peso Pluma, Oswaldo Zavala, Óscar Balderas, Kate del Castillo— han promovido que hoy no cuestionemos las acciones de nuestros gobiernos, el estado tan deleznable en que ha quedado la sociedad mexicana después de años de una guerra falsa contra los cárteles y de miles de políticos coludidos con ellos. Estos personajes refuerzan una narrativa donde la única alternativa como mexicanos es asumir que esto será siempre el pan de cada día.

De la Cerda demuestra la ignorancia de la academia sobre cómo funciona la violencia estructural de lo que Anabel Hernández denomina adecuadamente como narcosistema. Basta una cita de una de sus declaraciones: “No me cuida la policía, me cuida mi dealer”, lo cual, desde su perspectiva, suena increíble; sin embargo, omite lo más lógico: son la misma chingadera. Tan corta es su visión del problema, pero justo ella es una representación de la forma tan miserable como la academia y los “intelectuales” abordan el problema.

Para ellos, la Guerra contra el Narco es solo otro pretexto para comerciar con la desgracia ajena y para mantener en un estado de inacción a los espectadores de tamaña violencia.

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